Conferencia Universidad de Chile

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Antes de nada, quisiéramos agradecer la invitación a mostrar nuestro trabajo aquí, en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile. Nos honra.

Hemos traído fotos de 6 casas nuestras que hemos seleccionado para esta ocasión. Antes de explicar estos proyectos, y a modo de introducción, quisiera hablarles algo de lo que pensamos acerca de nuestro oficio.

Cuando un cliente llega a nuestra oficina por un encargo profesional, recibimos de él un conjunto de requerimientos (sus deseos más o menos explícitos y un sitio). Nuestro primer problema es establecer el servicio que debe prestar la obra. Inventar el programa arquitectónico como problema. Esta es nuestra operación creativa primaria: imaginar y enunciar la vida que la obra debe hacer posible ahí, en tal o cual lugar. Armar una narrativa existencial ad-hoc. Una novela o un sueño antes que el edificio como objeto de diseño. El proyecto arquitectónico surge en cuanto objeto de deseos.

Un proyecto de arquitectura es siempre la solución de un problema: el problema de vivir ahí. La primera cuestión es enunciarlo, después resolverlo en el proyecto encarnándolo con la construcción adecuada. En este sentido, la obra sirve como instrumento del modo de vivir que posibilita. En la medida que ésta tiene un carácter instrumental, su resolución en el diseño es un problema estrictamente técnico, porque la técnica se refiere al manejo de los medios y no de los fines. Un diseño técnicamente bien resuelto se mide por su eficacia, por su economía de medios. Podemos llamar a este oficio técnico “la ingeniería del diseño”, que trabaja a partir de requerimientos dados formulados. Esto es la parte de la técnica en el concepto clásico de arquitectura como junta de técnica y de arte. Pero ¿dónde está el arte de nuestro oficio?

Primero, en el planteo de la pregunta o cuestión a resolver en el diseño. Y segundo, en que la solución no solo debe ser eficaz, sino también ser inteligible con sentido, auto-representarse. Aquí podemos dar entonces una definición: una obra de arquitectura es y presenta una solución al problema de vivir ahí, en ella. Esta relación entre lo que la cosa es y lo que parece ser es la base de nuestro juego como arquitectos. Y esta relación es la mutua seducción entre el ser y su apariencia.

Para el habitante de una obra de arquitectura, su percepción e inteligencia del marco que lo rodea condiciona las posibilidades de su vivir ahí. Nuestro espacio vital, al que estamos siempre atados como a nuestra sombra, es el conjunto de sucesos posibles, latentes, que nos permite intuir la configuración del espacio arquitectónico circundante. Voluntad, impulso, gesto, movimiento y acto son substanciales al espacio arquitectónico. Así como la música al baile. La cualidad arquitectónica de un espacio, junto con la representación que nos hacemos de la obra como objeto, está dada por la intuición de lo que puede suceder y lo que no puede suceder en él. Por ejemplo, un muro a nuestra espalda es una posibilidad de protección y no un plano abstracto; una puerta, una posibilidad de entrar o salir alguien, antes que un hueco en los planos abstracto; una ventana, una vista enmarcada; leemos la proporción de un pilar a partir de intuir lo que sostiene; una planta tiene sentido por las relaciones vitales que posibilita, como un tablero de ajedrez con sus fichas en juego. El espacio arquitectónico no es el espacio físico tridimensional homogéneo, es un término de relación entre el sujeto y el mundo circundante en que se mueve.

Necesitamos acotar las posibilidades del entorno nuestro para poder estar en el establemente. Proveer de intimidad es tal vez la necesidad más íntima en el espacio arquitectónico de una casa. La manera más serena de estar es cuando la atención deja de estar prendida en lo inminente. El límite de la función arquitectónica, cercano al que está la cualidad de lo sereno, es posibilitar el sueño, el abandono del entorno, es desaparecer y quedar como un marco más latente que presente.